La costumbre me condena, me estanca, me hace prisionera de mis afectos y me ata a malos hábitos; se vuelve monótona llegando a veces a ser tediosa, pero ahí me mantiene.
Lo peor es cuando me acostumbro rápido a ciertos afectos, por ejemplo, a ti ¿Quién diría que un simple mensaje me desestabilice el alma cuando al pasar un día no llega?
¡Qué tedio, qué día tan largo y qué vacío! Y qué patéticas mis emociones. Y si pasan dos días más con mi costumbre eclipsada ¡Oh qué neurosis!
Sí, qué patética, vuelvo y digo.
Y es probable que tú, objeto de mi costumbre, pases a ser sustituído en unos meses, quizás en años, así que no podría, pues, culparte, sino más bien a la costumbre misma. Sí, es su culpa.
Y ahora ¡Qué vacuidad!
No habría escrito nada de esto si tú me hubieras escrito hoy al igual que antes de ayer.
O más bien, esto no estuviera pasando si no me hubieras escrito todos los días los últimos meses, pero me faltaste hoy y ayer.
Me he quedado esperando...
¡Desdichada costumbre!
(Y así pasaron semanas...)
- Autor: Chrystell ( Offline)
- Publicado: 5 de julio de 2017 a las 23:58
- Categoría: Carta
- Lecturas: 55
- Usuarios favoritos de este poema: Nohemí Martínez
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.