Romance en alta mar

Esteban Mario Couceyro



Ya había terminado la ceremonia, la señora Mouthounet, se deslizó envuelta en su mortaja por la borda, hacia el mar.

Era un frío amanecer del año 1885, el sol salía por el horizonte, levantando una tenue brisa, que rompía la aparente inmovilidad del mar.

Por debajo, en las entrañas del barco, la maquinaria rugía sin descanso, apenas semejando el llanto apagado de las mujeres, que piadosas rezaban ante el cadáver de la señora Mouthounet.

Él, Don Augusto, ingeniero contratado por el ferrocarril francés, para obras en Argentina.

Argentina, tan lejano le pareció al Ingeniero Mouthounet, que debió buscar en el planisferio, informarse sobre cuán primitivo y “sauvaje” era ese páramo. Cómo le diría a Paulette Renault, su esposa tan acostumbrada a las buenas cosas de su condición social. El ferrocarril minimizaba los temores, asegurándole un tentador contrato y la seguridad necesaria para él y su joven esposa.

 

Partieron de Bourdeos un atardecer de febrero, todos sobre la borda, saludando con pañuelos, soportando los más desesperados llantos, sobrepasados por la sirenas de los barcos.

Pronto se hizo de noche, la cena de etiqueta en la mesa del capitán, se alargó en historias de sobremesa, en las que Augusto descollaba con encanto su señorío.

 

Al amanecer, Paulette ardía en fiebre, en un cuadro alarmante. El médico dudaba del diagnóstico, dándole las pocas medicinas disponibles en ese lugar y tiempo. Sangrías, lavativas, rezos y desesperación.

Por fortuna, una pasajera embarcada con su padre, Marie Louise una joven de no más diez y seis años,

asistió desde el principio a la enferma, pues Augusto no podía en su marasmo atender las necesidades de su esposa moribunda.

 

Pasaron dos días y ocurrió lo previsible infinitos pésames, una áspera discusión con el Capitán, por el destino del cadáver y la final comprensión por parte de Augusto, de las limitaciones técnicas en la nave, que impedían la conservación de la difunta, hasta llegar a puerto. El único lugar refrigerado, se destinaba a los alimentos y era a todas luces, poco recomendable una situación tan bizarra.

 

Tras velar en intimidad, durante la noche acompañado por un reducido grupo, al amanecer se preparó el cadáver de la señora Mouthounet, con un trozo de lona blanca y unos rústicos cordeles, a modo de mortaja, para depositarla sobre una plancha de madera.

Augusto, depositó su último beso con ampulosidad teatral mientras los músculos de la cara, se tensaban al infinito.

Cuatro marineros, presidían el cortejo, llevando la plancha con Paulette amortajada. Detrás Augusto y el Capitán,seguidos por algunos pocos pasajeros, entre ellos Marie Louise, llorando en total desconsuelo.

Recordando las pocas conversaciones que pudo tener con Paulette. La última no dejaba su mente , en ella, le pedía que cuidase de Augusto, que era como un niño.

 

La mortaja, golpeó el mar entre espumas, desapareciendo en un punto impreciso del Atlántico.

 

Tres días pasaron, en los que Augusto no salió del camarote.

Ya atardecía y tras higienizarse, se vistió con su mejor traje, sombrero y el infaltable bastón con estoque, que acostumbraba usar. Dentro del saco, puso el revólver, dejó ordenado el camarote. En el pequeño escritorio, unas cartas para su familia y otra para el Capitán, junto a esto un sobre con dinero para el personal de limpieza que lo atendiera.

 

Salió por los pasillos, saludándose con los pasajeros que cruzaba, todo lo gallardo que podía ser. Afuera el mar se iluminaba por una enorme luna, quebrada en miles de reflejos, en un mar plano como un espejo.

Buscó un lugar solitario en la popa, sentándose, dejando que la congoja le diera el valor necesario.

El llanto lo invadió sin freno en esa soledad definitiva, no podría saltar por la borda y así unirse a Paulette, estos eran sus pensamientos.

Pero matarse de un disparo, le sonaba bochornoso, poco delicado, quién encontrase el cadáver,quedaría con una pésima impresión, quería un final romántico, que supieran de su dolor irreparable.

 

Sacó el revólver, pensando en dispararse inclinado al mar y así desaparecer como Paulette, en medio de espumas.

 

Siglos de pensamientos lo llevaban, cuando una pequeña mano, se posó en su hombro mientras continuaba llorando.

 

Marie Louise, se sentó a su lado, cubriendo con sus manos el arma, hasta que la soltó, ella con un gesto la tomó y levantándose la arrojó al mar.

Regresó al banco, junto a él, lo miró a los ojos diciéndole que ya con una mortaja, el mar estaba satisfecho.

 

Luego le contó, una historia de marineros, decía que el mar nunca lleva números pares y que la única manera de tirarse, sería con ella.

 

Un largo silencio, los unió, la luna estaba alta, cuando se pararon frente la borda.

Él, alto y elegante con su estoque, ella tomada de la mano, bajita como una niña, mirándolo hacia arriba, con la cara encendida.

 

El clima, lentamente tornaba a ventoso, un aire cálido del continente, encrespaba el oleaje. En el cielo, por el oeste nubes como corderos, intentaban tapar la luna.

Lo inevitable, eso que no se piensa ni desea, se selló sin papel ni tinta, mucho menos letras en fondo blanco.

Esa noche, las estrellas danzaron en vientos del desierto, celosas de esos besos, definitivos, últimos y desesperados.

 

 

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Comentarios4

  • Jose Adolfo

    En el mar se hayan cofres / tesoros / vivencias / bitácoras naufragas del acontecer humano / Excelente relato Esteban / Una ventana para la vida

    • Esteban Mario Couceyro

      Gracias José Adolfo, es un relato basado en la historia de mis abuelos maternos.
      Un abrazo.
      Esteban

      • Jose Adolfo

        Aleccionadora vivencia / imagínote hambriento de escudriñar tantos otros Esteban / es una fuente inagotable de y para la poesía universal

        • Esteban Mario Couceyro

          Muchos de mis cuentos cortos, son "casi" reales...
          Esteban

          • Jose Adolfo

            He allí la razón de Rilke y su sabia conseja

            • Esteban Mario Couceyro

              Puede que haya algún paralelismo, solo que mi torre, es de una persona gris, que intenta transformarse, en espacios blancos, que paulatinamente es invadido de pensamientos, mundos distintos de la razón y alguna que otra epopeya íntima, que se expone como las flores de primavera.
              Soy según creo, un sensible tardío, que desnuda su alma, en la puerta incierta del final de su vida, ignorando si esa puerta es del infierno..., o lo que es peor aún, del paraiso.
              Esteban

              • Jose Adolfo

                Sencilla y universalmente es ud un poeta / En los semitonos colores del hombre hay infinitos mundospensamientos de la razón y sin ellos / lo determinante es que nos atrevemos a derrumbar muros así haya candela que sortear / Feliz Fin de sema poeta

              • anbel

                Es precioso, se puede sentir intensamente los sentimientos de cada uno de los personajes... Hasta la presión de la mano de Marie Louise sobre el hombro de Augusto se siente. Mi enhorabuena, me ha encantado... Engancha y te identificas con los personajes y la historia desde el principio. Un placer siempre leerte. Un sincero abrazo 😄 🌹

                • Esteban Mario Couceyro

                  Es una historia basada en mis bisabuelos maternos, quizá por eso la vivencia.
                  Gracias por tus palabras.
                  Esteban

                • Beatriz Blanca

                  Es otra versión de un relato ya publicado, eres bueno para describir situaciones y momentos decisivos de la vida. Gracias a esos acontecimientos hoy estás aquí compartiendo vivencias de tus antepasados.
                  Un abrazo y sigue relatando que yo te seguiré leyendo.

                  • Esteban Mario Couceyro

                    Tienes memoria, te felicito, Por supuesto al relato familiar, lo vestí con detalles que ignoro, pero coherentes con los personajes que me fueron relatados, por mi madre.
                    Gracias por tu generosidad.
                    Esteban

                  • Ravniko Juur Holstain

                    Hermoso....
                    Deberia de existir una categoría en este portal de poetas solo para sus bellos escritos maestro....
                    Un placer ser testigo de tan bellas letras...
                    Saludos
                    Rav

                    • Esteban Mario Couceyro

                      Estimado Rav, agradezco la efusividad de tus palabras, nacidas de una indudable generosidad.
                      En este sitio, abundan los talentos, en una democrática igualdad de posibilidades. Si mis historias son del agrado de quienes me leen, me alegran haciéndome sentir valioso, con la vara del igual.
                      El sentido, de esto desde mi criterio, es el de expresar en letras, la posibilidad de mi alma como un juego, más allá de mi propia realidad.
                      Una vez más, te agradezco la generosidad.
                      Esteban



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