I
La noche se derrama, densa y callada,
como un río de sombras sobre la piel del mundo,
pero allá, en el horizonte ardiendo en su última gloria,
el sol muere en un gemido de oro y sangre.
II
En su lecho de fuego, el viento la besa,
la atraviesa, la dobla, la incendia,
y el mar jadea en espuma su nombre,
mientras la tierra se abre, temblorosa, sedienta.
III
Y en la vastedad donde giran galaxias dormidas,
un fulgor pequeño, un latido breve,
ilumina la eternidad con su fiebre,
un instante que quema, que nace y que muere.
IV
Susurró mi nombre con voz de espuma,
una melodía dulce, sin naufragios ni huesos,
sin advertencias de diosas ni sogas al mástil,
solo el eco de un mundo tejido en su canto.
V
No hubo cera en mis oídos ni manos que me ataran,
porque no era Odiseo ni ella un peligro,
y su voz no prometía ruinas ni engaños,
sino el vértigo puro de sentir sin regreso.
VI
Y en el tálamo pliego su corazón con diligencia y furia,
con calma y éxtasis, como quien doma el fuego,
como quien sopla sobre brasas dormidas
hasta verlas danzar en un fulgor impaciente.
VII
Porque, como dije, ella no es un peligro con su canto,
ni yo un héroe que, zozobrando, regresa a casa.
Soy la brisa que aviva su lumbre temblorosa,
soy la marea que lame los bordes de su arena.
VIII
Y ella, en su noche de atardeceres abiertos,
se vuelve estrella que explota en silencio,
un universo que nace en mi boca,
un mundo que gira entre mis febriles manos.
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