Ciclo Inverso

Darío Méndez

 

Nació con los ojos llenos de historia,
con la piel marcada por los surcos del tiempo,
con pasos firmes de quien ya ha caminado demasiado.

Pero en sus labios temblorosos
brotaban palabras recién nacidas,
y en su mirada, un asombro infantil
que el mundo no pudo arrebatarle.

Día tras día, la vida lo desvestía de años,
sus manos se hacían más pequeñas,
sus huesos más ligeros,
y en su risa había ecos de cuna y arrullo.

Ella lo sostenía entre sus brazos,
como quien protege un secreto del viento,
como quien aprende a despedirse
sabiendo que nada se pierde,
sino que cambia de forma.

Y cuando él cerró los ojos,
ya no era un hombre, ni un niño,
sino un susurro,
una brisa en la piel,
una estrella que se fundía con el universo,
volviendo a ser todo,
volviendo a ser uno.

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