ESTA AGONÍA:
LENTA,
como el fluir de un río que se desliza entre las sombras del crepúsculo,
arrastrando consigo los ecos de lo que alguna vez fue,
los fragmentos desvaídos de un pasado que ya no nos pertenece,
pero que, sin embargo, nos habita como un huésped silencioso.
Es una agonía que no grita,
sino que susurra,
como el viento que acaricia las hojas secas
en un bosque olvidado por el tiempo,
donde cada rama, cada tronco, parece guardar el secreto de una vida que se extinguió sin testigos.
Es un dolor que no se apresura,
que se deja sentir en cada poro de la piel,
en cada pliegue del alma,
como una melodía que se repite una y otra vez,
hasta que se convierte en parte de nosotros.
TIERNA,
como la memoria de un amor que nunca se atrevió a ser,
como la mirada de un niño que aún no conoce el peso del mundo,
y que, por eso mismo, nos desgarra con su pureza.
Es una ternura que duele,
porque sabe que todo lo bello es fugaz,
como el aroma de una flor que se desvanece
antes de que podamos recordar su nombre,
o como el último rayo de sol que se posa sobre un campo de trigo,
iluminándolo por un instante antes de que la noche lo devore.
Es una ternura que nos recuerda que, incluso en la pérdida,
hay algo que nos conecta con lo más profundo de nuestra humanidad,
con aquello que nos hace sentir vivos,
aunque sea a través del dolor.
MORTAL,
pero no por ello menos sagrada.
Es la muerte que habita en cada respiro,
en cada latido que nos acerca al fin,
como un reloj que marca el tiempo inexorablemente,
sin prisa, pero sin pausa.
Una muerte que no es enemiga,
sino compañera silenciosa,
que nos recuerda la fragilidad de nuestra existencia,
y la belleza efímera de cada instante.
Es la muerte que nos enseña a amar lo que tenemos,
porque sabemos que, tarde o temprano,
lo perderemos.
Y en esa certeza,
en esa inevitabilidad,
encontramos una extraña paz,
un consuelo que no tiene nombre,
pero que nos sostiene en los momentos más oscuros.
TAN INSOPORTABLEMENTE DELICIOSA,
que desgarra el alma y la eleva al mismo tiempo.
Es el dulce veneno de la nostalgia,
el sabor amargo de lo que nunca volverá,
y sin embargo,
nos aferramos a ello como a un sueño que no queremos abandonar.
Es el placer de sufrir por lo que ya no está,
y la certeza de que, en ese sufrimiento,
encontramos algo que nos hace sentir vivos.
Es la paradoja de la existencia,
la contradicción que nos define,
el abismo en el que nos sumergimos una y otra vez,
sabiendo que, en el fondo,
no hay nada más real que ese dolor,
que esa pérdida,
que esa agonía que nos une a todo lo que alguna vez fue,
y a todo lo que nunca será.
QUE ME HACE PENSAR EN LA TRISTEZA
DEL TIEMPO,
ese viejo tirano que todo lo devora,
pero que también nos regala la gracia de la memoria.
El tiempo que nos arrebata,
pero que también nos permite recordar,
y en ese recordar,
encontrar un consuelo que no tiene nombre.
Es el tiempo que nos hace conscientes de nuestra finitud,
pero que, al mismo tiempo,
nos permite trascenderla a través de los recuerdos,
de los sueños,
de las ilusiones que nos mantienen a flote
en este mar infinito de incertidumbre.
Es el tiempo que nos enseña que, aunque todo pase,
aunque todo se desvanezca,
siempre quedará algo,
alguna huella,
algún rastro de lo que fuimos,
de lo que amamos,
de lo que perdimos.
Y EN LO VAGO DE LA INOCENCIA,
aquella que perdimos sin darnos cuenta,
como un barco que se aleja en la niebla,
sin que podamos hacer nada para detenerlo.
La inocencia que ya no podemos recuperar,
pero que sigue brillando en algún rincón de nuestro ser,
como una estrella lejana que nos guía en la oscuridad.
Es la inocencia que nos hace añorar un tiempo que ya no existe,
un tiempo en el que todo era posible,
en el que todo estaba por descubrir,
en el que el mundo era un lugar lleno de maravillas,
y no el escenario de nuestras derrotas.
Es la inocencia que nos recuerda que, aunque hayamos perdido algo,
aunque hayamos cambiado,
aunque ya no seamos los mismos,
siempre habrá un lugar en nuestro corazón
donde esa inocencia perdida seguirá viva,
como un faro que nos guía en la noche.
LOS RITMOS DE LA LOCURA,
esa danza caótica y sublime que nos arrastra
hacia los abismos de nuestra propia mente.
Es la locura que nos hace crear,
que nos hace soñar,
que nos hace vivir en los límites de lo posible.
Una locura que no teme al vacío,
porque sabe que en el vacío está la verdad.
Es la locura que nos permite ver más allá de lo evidente,
de lo tangible,
de lo que todos aceptan como real.
Es la locura que nos hace cuestionar todo,
que nos hace buscar respuestas donde nadie más las busca,
que nos hace vivir en un mundo que solo existe en nuestra mente,
pero que, sin embargo,
es más real que la propia realidad.
Y LAS FANTASÍAS ENCONTRADAS…
en los pliegues de la noche,
en los rincones más oscuros del alma.
Fantasías que nos hablan de mundos que nunca existieron,
pero que, sin embargo,
son más reales que la propia realidad.
Son los sueños que nos salvan,
las ilusiones que nos mantienen a flote
en este mar infinito de incertidumbre.
Son las fantasías que nos permiten escapar,
aunque sea por un momento,
de la crudeza de la vida,
de la monotonía de lo cotidiano,
de la inevitabilidad de la muerte.
Son las fantasías que nos recuerdan que, aunque todo parezca perdido,
siempre habrá algo por lo que luchar,
algo por lo que vivir,
algo por lo que soñar.
Esta agonía,
lenta, tierna, mortal,
es el reflejo de todo lo que somos,
y de todo lo que nunca podremos ser.
Es el eco de nuestra humanidad,
y el susurro de lo eterno.
Es la agonía que nos define,
que nos une,
que nos hace sentir vivos,
aunque sea a través del dolor.
Es la agonía que nos recuerda que, aunque todo pase,
aunque todo se desvanezca,
siempre quedará algo,
alguna huella,
algún rastro de lo que fuimos,
de lo que amamos,
de lo que perdimos.
Y en esa agonía,
en esa pérdida,
en esa nostalgia,
encontramos algo que nos hace sentir vivos,
algo que nos hace sentir humanos.
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Autor:
Hermann Garcia (
Offline)
- Publicado: 6 de marzo de 2025 a las 16:58
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 10
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez, EmilianoDR
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