En la negrura infinita de la noche...

Hermann Garcia

En la negrura infinita de la noche, envuelto en un silencio que parece susurrar secretos ancestrales, avanzo con paso vacilante, buscando no solo el sustento del cuerpo, sino también el alimento del alma. Mis sentidos, embriagados por el néctar de visiones etéreas, se expanden más allá de lo tangible, hacia tierras ignotas que solo el espíritu puede recorrer. Alzo la mirada hacia el firmamento, y allí, como un viejo amigo que me espera, se despliega el manto estelar, infinito y misterioso. 

¡Qué prodigio! Las estrellas, esas luces eternas, me llaman con una voz que no se oye, pero que resuena en lo más profundo de mi ser. Me invitan a perderme en su danza cósmica, a fundirme con su brillo y a beber de su eternidad. Respiro hondo, y en ese instante, la tranquilidad más pura inunda mi pecho, como si el universo mismo me abrazara. Mi alma, ávida y hambrienta, se llena de constelaciones, de astros que titilan como risas divinas, de galaxias que giran en un baile sin fin. 

Pero tú... tú no estás aquí. No físicamente. Te has ido, o quizás nunca llegaste. Estás en otro lugar, en otro tiempo, jugando a amar a alguien más, fingiendo que tu corazón late por otro. Lo que no sabes, lo que tal vez nunca comprendas, es que tu esencia, esa chispa única que te define, está aquí, conmigo. La siento en cada respiración, la palpo en el aire que me rodea, la huelo en el aroma de la noche, la veo reflejada en las estrellas. Y, aunque parezca una locura, la disfruto, la celebro, la amo. 

¡Sí, parezco un loco! Hablo con la nada, con el vacío que tú dejaste, y sin embargo, esa nada está llena de ti. Ríe la brisa, y yo río con ella, porque en su murmullo escucho tu voz. Te amo, no como un hombre ama a una mujer, sino como el universo ama a sus estrellas: con una devoción que trasciende el tiempo y el espacio. 

Y así, en esta noche infinita, bajo el manto estelar que nos une y nos separa, sigo amándote, sigo buscándote, sigo siendo parte de ti, aunque tú no lo sepas.

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