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Marcos Magallanes

Siempre te quise,
mi cuerpo lo sabe.
Yo apenas me entero.

De pronto existes.
Estuviste -vaya a saber uno -
en el anverso de las cartas,
bajo las alas de algún insecto,
del otro lado de las cosas
siendo la sombra de tu sombra, escondida.

Ahora caminas, entonces
también.

Nadie sabe que caminas,
solo yo lo sé.
Qué ciego remordimiento,
qué angustia enmohecida,
qué terroso saber que existes, confirmar que existes
como un cuerpo distinto de mi cuerpo
con tu propia suerte y laberinto.

Espejismo ciego del deseo,
oscuro oasis entre lo que eres y creo.
A veces quiero prestarte un dedo
para que te poses mariposa.
Observarte siendo naturaleza, de lejos,
con tu vuelo circular de tempestades y tiempo.
Otras veces quiero asfixiarte,
enredarte, engullirte
con el reptil que me habita.
Creo en tu voluntad.
Creo en tu entrega subordinada,
en el amor del estruendo y amapola.
Mi corazón oscila como un péndulo de contradicción
con su propio día y noche:
te desea, te exige, te abusa,
te suelta, te da y consuela,
te consume, te roe con su obstinación de ola
que quiere escaparse del mar y siempre
cae hacia dentro.

Siempre te quise,
mi cuerpo lo sabe.
Yo apenas me entero.

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