En un lejano reino, un joven llamado Adriel vivía en un pequeño pueblo. Desde niño, siempre intentó agradar a los demás, esperando ser aceptado. Se esforzaba por encajar, pero nunca se sentía suficiente.
Un día, un anciano sabio le entregó una caja cerrada y le dijo:
—Dentro de esta caja hay una joya invaluable. Llévala al mercado y pregúntale a la gente cuánto pagarían por ella, pero no la vendas.
Adriel fue primero con un vendedor de frutas, quien miró la caja y dijo:
—No sé qué hay dentro, pero puedo darte unas cuantas monedas.
Luego, fue con un mercader de telas, quien la examinó y dijo:
—Parece algo común. Te daré unas piezas de tela a cambio.
Finalmente, Adriel llegó a la tienda de un joyero. El anciano la abrió y, con asombro, dijo:
—¡Esto es una piedra preciosa de valor incalculable! No hay precio suficiente para comprarla.
Adriel regresó con el sabio y le contó lo sucedido. El anciano sonrió y le dijo:
—Así como la joya, tu valor no depende de quienes no saben apreciarlo. Solo aquellos que realmente entienden su significado sabrán cuánto vales. No busques que todos te valoren, aprende a valorarte a ti mismo.
Desde ese día, Adriel dejó de buscar aprobación y empezó a reconocer su propio valor.
Moraleja: No permitas que los demás definan tu valor. Eres una joya única, y solo aquellos con ojos sabios sabrán apreciarte.
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Autor:
Miguel Ángel Peñafiel Miranda (Seudónimo) (
Offline)
- Publicado: 9 de marzo de 2025 a las 01:37
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 14
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