Diario (20 setiembre 2024)

Matias 01

¿Quién ha venido ahora con su traje azul

y su aire inalcanzable como si hubiera llegado

a despedirse?

 

Desde esa tarde de errabunda fortuna,

en la memoria sobran los rostros que se hicieron

eternos,

la casa de la infancia se aleja

y desde entonces parece que no hubieran vivido

nunca en ella.

 

Ayer mi madre me dijo, agarrándome el rostro,

en el día de mi cumpleaños:

“Que viejo estas, hijo mío…”

Y debe ser cierto porque ahora bebo más, fumo,

trasnocho y salgo a caminar

cuando la ciudad esta callada.

 

Cesar Vallejo escribió alguna vez:

“¿Por qué las madres se duelen de hallar envejecidos

a sus hijos, si jamás la edad de ellos alcanzará

a la de ellas?”

 

Y yo me pregunto: ¿Porque los padres y los hermanos

suelen hallar los tiempos en que alumbraba la alegría, 

mientras uno está solo, prendiendo los mástiles

dorados de su tristeza?

¿Por qué los miro con ese silencio que avanza

desde el otro lado de la sombra,

como si me despidiera de esos rostros encendidos

que no he sabido retenerlos?

 

Estamos navegando en las mismas aguas, pero

estamos siendo llevados por diferentes corrientes

y no nos damos cuenta que algunos

ya estamos atrapados

por una pesada roca que nos jala hacia el fondo

del río, haciéndonos saber 

que no llegaremos nunca a ninguna orilla.

 

Ignoro como será mi despedida, solo sé de las aves

que ya bajaron a mirarme

desde el olvido de los muertos

y sé del aire que envuelve y soporta a esta isla

de animal distante en que me he convertido.

 

Mientras tanto seguiré andando como un animalito

perdido en la llanura de su pena.

 

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