No en el jardín celeste, no entre ángeles de cal,
sino aquí, Dunia, donde la tierra aún duele,
quiero hallar el néctar oscuro de tu boca,
ese brebaje que incendia y aquieta a la vez.
Tus labios, no de miel, sino de savia espesa,
donde la vida y la muerte se funden,
son el manantial donde mi sed se pierde,
y mi alma, errante, encuentra al fin su hogar.
No busco endulzar mis palabras, sino quemarlas,
con la brasa de tus besos, hacerlas verdad,
tocar tu cuerpo, no de seda, sino de roca viva,
sentir el pulso salvaje que en él habita.
En cada beso, no un río, sino un torrente,
que arrastra mis miedos y mis dudas al abismo,
tus ojos, no un faro, sino dos lunas rotas,
que me muestran la belleza de lo imperfecto.
Dame tus besos, no para respirar, sino para ahogarme,
en el vértigo de tu piel, en el laberinto de tu aliento,
quiero morir en tu boca, a dentelladas de pasión,
y renacer, barro y ceniza, en tu regazo.
En el abismo del tiempo, no tu belleza, sino tu alma,
esa cicatriz que brilla más que cualquier estrella,
es el tesoro que busco, el mapa de mi destino,
Dunia, no un ángel, sino una mujer apasionada,
a la que seguiré, aunque me lleve al fin del mundo.
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Autor:
Edgardo (Seudónimo) (
Offline)
- Publicado: 4 de abril de 2025 a las 00:01
- Categoría: Amor
- Lecturas: 1
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