EL PRECIO DEL AGUA

JUSTO ALDÚ

El sol abrasador caía sin piedad sobre las calles agrietadas de lo que alguna vez fue una ciudad próspera. Ahora, en medio de la crisis climática, el agua se había convertido en la moneda más valiosa. Las fuentes estaban secas, los ríos reducidos a grietas de barro, y solo unos pocos privilegiados podían permitirse el lujo de beber sin restricciones.

Andrés empujó la puerta desvencijada de su casa y se encontró con la mirada apagada de su esposa, Sofía. En un rincón del pequeño cuarto, su hijo, Mateo, respiraba con dificultad, su piel pegajosa por la fiebre. La infección avanzaba y el médico del barrio había sido claro: sin hidratación, Mateo no sobreviviría.

—¿Qué dijeron en el mercado? —preguntó Sofía con voz temblorosa.

Andrés suspiró y dejó la mochila sobre la mesa. La botella de agua de dos litros que tenían era lo último que les quedaba. Podría venderla y comprar comida para algunos días o dársela a Mateo y esperar que el agua hiciera el milagro de mantenerlo con vida hasta encontrar otra solución.

—Me ofrecieron cuatro paquetes de arroz y un poco de frijoles por esto —dijo, sosteniendo la botella.

Sofía lo miró con lágrimas en los ojos. Tenían días sin comer más que pequeñas porciones de lo poco que les quedaba. Pero sin agua, su hijo no tenía oportunidad.

—¿Y si vamos al centro? Tal vez… tal vez haya alguien que nos ayude.

—Lo intenté, Sofía —respondió Andrés, con la voz entrecortada—. Vi cómo los camiones cisterna pasaban de largo. No quieren saber de nosotros. Sin dinero, no somos nadie.

Se sentó junto a Mateo y le acarició la frente sudorosa. Lo miró a los ojos y vio en ellos la confianza de un niño que aún no entendía la magnitud de su tragedia.

—Papá… tengo sed —susurró Mateo con un hilo de voz.

Andrés sintió un nudo en la garganta. Miró a su esposa y luego la botella. Lentamente, desenroscó la tapa y vertió unas gotas en los labios resecos de su hijo. Mateo cerró los ojos y esbozó una pequeña sonrisa antes de hundirse de nuevo en su letargo.

—No puedo… no puedo dejarlo morir, Sofía —susurró Andrés, mirándola con desesperación.

Ella tomó sus manos con fuerza, intentando transmitirle la poca esperanza que aún le quedaba.

—Entonces no lo haremos. Aguantaremos. Siempre hemos aguantado, Andrés. Algo tiene que cambiar… algo tiene que pasar.

Él la miró con un dolor profundo. En su mente, el pensamiento de robar un poco de agua, de arriesgarse por Mateo, le atravesó como una descarga. Pero si lo atrapaban, los dejaría solos.

Mientras la noche caía, abrazó a Mateo con la esperanza de que el nuevo día trajera algo más que desesperación. Afuera, la ciudad agonizaba bajo el peso de su propia avaricia. Y en algún rincón oscuro, donde la moral se desdibujaba, Andrés sabía que su lucha aún no había terminado.

 

JUSTO ALDÚ

Panameño

Derechos reservados / abril 2025.

 

  • Autor: JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 4 de abril de 2025 a las 00:07
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 3
Llevate gratis una Antología Poética ↓

Recibe el ebook en segundos 50 poemas de 50 poetas distintos




Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.